El relato comienza así:
Hace mucho años perdí más de veinte
kilos de peso.
Desde aquél momento decidí vigilar mi ingestión calórica y me
volqué en un programa de ejercicio moderado pero con constancia. Pasó el tiempo y yo me
sentía estupendamente, mi humor era bueno y mi forma de percibir la vida era muy
positivo.
De repente un buen día decido darme
un permiso, al que siguió otro, y otro y otro. Y justamente cuando empezaba a
perder el control de mi peso, salí de vacaciones, con la intención de pasar una
semana tranquila y relajada.
Para ese entonces ya había renovado mi antiguo hábito de
"picar" entre comidas. Y "picaba" todo lo que se me ponía enfrente,
no importaba si eran papitas o cacahuates o chocolates, todo lo que se me ponía enfrente
era bueno.
Mi verdadero potencial todavía no llegaba a su máximo
nivel y llegó el sábado en la noche y cenaba yo con un viejo amigo y su esposa en
un lujoso restaurante.
Mientras que yo devoraba varios platillos y sudaba por la velocidad
de su ingestión, mi amigo se volvió hacia mi y me dijo: "te
veo un poco más repuesto, que la última vez que nos vimos". Sospeché que su comentario se debía al hecho de que yo ya me
había terminado todo el pan que había en la mesa y ya empezaba a untarme la mantequilla
en los dedos, para saborear mis huellas digitales.
Y en ese momento, me sentí lastimado en mi orgullo y le
dije: "no sé como ha pasado, pero es que
últimamente tengo mucha hambre y estoy comiendo como un elefante". La dama que acompañaba a mi amigo, lo miró y ambos esbozaron una
sonrisa y una sonora carcajada.
Algo sucedió en ese momento, sigo teniendo grabada la
imagen que les acabo de relatar. Y decidí emprender una ofensiva contra la comida. Y
todavía le dije a mi amigo y su acompañante que aún pensaba tomar postre, ambos se
volvieron a mirar y ante su cara de incredulidad y de miedo, vieron como yo solo consumía
una super rebanada de pastel de manzana con crema encima. Tuve la sensación que hasta el
mesero se estaba burlando de mi. Y mi amigo me preguntó: ¿te vas a comer todo eso?
Dentro de mi cabeza surgía una pregunta: ¿por qué no me iba a comer? ¿Que importan unas calorías más?
Ahora les voy a contar el final de esto, digno de cualquier TELENOVELA. Todo el mundo dentro del restaurante, estaba pendiente
de mi actitud. Lo había conseguido, ¡me había terminado ese enorme pedazo de pastel!
ante el aplauso de todos los presentes.
A la mañana siguiente, mañana de domingo, nunca se me
olvidará me desperté con una sensación de opresión en el pecho,
asustado, llamé al médico del hotel y decidió enviarme inmediatamente al hospital a
tomar un electrocardiograma. Fue eterno ese domingo, la suerte estuvo conmigo y mi dolor en
el pecho solo había sido una congestión alimenticia.
Trate de relajarme y dormir, no era posible y me di cuenta
de que en este momento me encontraba entre seguir viviendo o seguir comiendo.
Era una decisión difícil de tomar, pero me bastó una sola
mirada a una antigua fotografía para decidirme. Allí estaba yo, gordo, inmenso, como
resultado de un grandioso experimento dietético que yo mismo me provoqué. Debo
reconocerlo, era enorme. Yo comía del mismo modo que el universo se expandía.
Después de haber sobrevivido a ese atracón alimentario, me
centré en mi mismo y tuve que reconocer que mis permisos inocuos,
me habían llevado hasta aquí. Comer para olvidar y para gratificarme, se había
convertido una vez más en una forma de vida para mí.
Al día siguiente, volví a nacer y decidí que la AUTODISCIPLINA iba a ser mi aliada permanente. Y con la ayuda y
dirección del médico y el grandioso estímulo de mi antigua ropa y mi espejo, pronto
volvería a ser el mismo, pero ahora yo me pregunto: ¿y si ese dolor en el pecho, no hubiera sido por una congestión
alimenticia ¿estaría yo aquí ahora?
FIN DE RELATO VERIDICO
Click aquí para regresar a
Participación